recuperación de restos en serie

The Take, por Avi Lewis, Canada, 2004.

[Una película italiana que acabo de ver, Signorinaeffe de Wilma Labate, sobre las luchas de los obreros de FIAT en 1980, me trajo a la memoria este documental que pasó por las salas madrileñas allá por 2005, si no me equivoco. Cuando volví a casa esa noche escribí los apuntes que siguen, que dejo aquí tal como los escribí, incluso con los eventuales anacronismos.]

A Carlos Menem, hay que decirlo, las cosas le han ido muy bien en la vida. Y solamente por haber vivido en los tiempos en que vivió. Porque de haber paseado, pongamos, por el París de finales del siglo XVIII, cabía una seria posibilidad de que su cabeza llegase a ver el cuerpo inusitadamente de abajo a arriba. Por supuesto, nadie quiere que resuciten tiempos bárbaros, pero si en los nuestros el que hubiera sido el principal invitado a la decapitación casi sale otra vez elegido por el mismo pueblo al que, sólo dos años antes, había contribuido a hundir, algo debe haber que no funciona. Mas, se nos dice, “La Historia narra su Progreso”*. El asterisco, como en todos los anuncios, remite a unas letras pequeñas que nadie nunca lee. Normalmente pone “acumulando cadáveres”. Aunque algunas versiones sustituyen “cadáveres” por “despidos laborales”.

Acaba de llegar en las salas ibéricas, llevada por la ola del género documental al que Michael Moore ha dado nuevos fastos, la película The Take (La toma), dirigida por Avi Lewis y escrita por Naomi Klein, archiconocida activista antiglobalización. Es la historia de unas letras pequeñas, versión segunda, que se resisten a ser englobadas anticipadamente en la más abarcadora versión primera. Como es una historia trágica, la de un país, Argentina, y de un pueblo en quiebra por los catastróficos efectos de una política económica insensatamente hiperliberista, el filme no está salpicado de esa ironía sarcástica que es la cifra del director de Flint-Michigan.

The Take es una película que duele mucho, en el sentido de que una mano empieza a apretar fuerte en el estómago y no lo deja, desgraciadamente, cuando el film termina. Una película para echar de menos los tiempos en que el pueblo enfurecido tomaba la Bastilla y guillotinaba a los reyes. A parte al susodicho Menem, en esos tiempos unas invitaciones hubieran sido despachadas también a algunos, llamémoslos así, industriales, como ese don Zanon de la empresa homónima productora de cerámicas. El desprecio, la indignación que sentimos por lo que esas personas son, es decir por lo que hacen y dicen – no por lo que representan, no es un desprecio ideológico – no se pueden separar de un sentimiento de pena hacia ellos. Da pena Carlos Menem, ese grotesco muñeco maquillado y bronceado para enmascarar la nada de la más cutre demagogia. Da pena Zanon, el anciano industrial que se parece físicamente a Borges, con una concepción del capitalismo que desarrollaría incluso un brontosaurio, si sólo se pusiera a la faena. O que encontramos en cualquiera de las películas del oeste de Sergio Leone o de Peckinpah.

Cuando, en 2001, se derrumba el modelo menemista, el muy emprendedor empresario, después de embolsarse millones de subvenciones, detiene las máquinas y despide a los obreros. Lo mismo hacen muchas de las compañías extranjeras a las que las privatizaciones habían entregado la economía del país. Por otra parte, si una Sociedad es “Anónima”, algo tendrá que esconder, ¿no? En nuestro caso, lo que escondían todas era la prisa de irse con la pasta de una nación en quiebra. Pero sucede algo infrecuente en tiempos normales: a los obreros de Zanon, en cambio, la prisa familiar por salirse de la fábrica les ha pasado. Deciden no abandonar la nave, se reúnen en asambleas (una cabeza, un voto), siguen produciendo y se distribuyen un sueldo igual para cada uno, no importa la tarea que ese uno lleve a cabo. Milagro, la cosa funciona y la ocupación se vuelve un modelo para otras más. Además, las comunidades les apoyan. Sin embargo, ningún sentido del ridículo roza al imperturbable Zanon. Demostrando que la vejez es la recuperación de la niñez, reaparece y quiere que le devuelvan el juguete roto que otros han reparado. “El Estado me la tiene que entregar”, es el chiste hilarante de un cómico involuntario. El “Estado”, en este caso y como sucede a menudo, es el enésimo cordón policial en uniforme antidisturbio para separar un derecho adquirido de sus posesores (uno nunca sabe, hemos llegado al 2003, es otra vez tiempo de elecciones y Menem podría volver – su lema es el incombustible “orden y seguridad”, otro chiste que sigue en muchos repertorios aunque ya nadie se ría de él).

Suena raro pero, si descontamos el acostumbrado número de cabezas rotas por las porras y pulmones destrozados por los gases, hay un final feliz porque los obreros obtienen la expropiación judicial. Muchas lágrimas y emoción. Suena rara, pero dulcemente rara, incluso esta expropiación, que ninguna idea ni plan quinquenal ha impuesto desde arriba y que ha sido en cambio conquistada desde abajo y por la acción.

Sin embargo, salimos del cine con una sensación de malestar y un enfado incipiente. Además por la conciencia de la enormidad del esfuerzo que supone, hoy en día, recobrar la dignidad cuando la pisa un poder que une inseparablemente política, economía y policía (o ejércitos, da igual). Por lo que la lucha parece entre un David cada vez más pequeño y un Goliat cada vez más grande. Cabe esperar que el gigante, cuando se hinche demasiado, explote con gran estruendo y, entonces sí, risas festivas. Mientras tanto, como los trabajadores argentinos, fabriquemos alfileres. Por si hiciera falta una mano.

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6 Risposte

  1. s|a …semplicemente azúa

  2. grazie caro, ma non mescoliamo pomi e peri…

  3. “pomo pero
    dime el vero
    …”

  4. sapevo che sfondavo una porta aperta…
    🙂

  5. […] era “solo” la vecchia poesia, vele spiegate verso il postmoderno) e fa il paio con il post del 18 marzo, anche se di senso […]

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